Hoy les cuento una historia muy seria… contada por un pañal
Les cuento mi historia, recordando que por supuesto fui concebido en una fábrica a muchos kilómetros de distancia de donde hoy me encuentro. Viví mis primeros minutos apilado en una bodega y aún recuerdo las divertidas anécdotas que contaban mis ancestros en sus bolsas. Fui concebido para realizar una tarea importante y viajo feliz a donde me lleven, pero tal vez esos raros seres que se dicen humanos y que se complican la vida por cualquier cosa, no comprendan que voy orgulloso de cumplir con este oficio, con una dignidad y una excelencia que ellos no suelen apreciar.

Estemos claros: Mi oficio es aguantar la caca. Trabajo con bebés y ancianos, acurrucando el excremento, la caca, el popó, el orine, el pipí… o como les quieran llamar y conste que lo hago con todo el amor del mundo. Mi orgullo es que nada de lo que les sale por sus orificios inferiores llegue al exterior de su ropa y los ensucie. Soy un aguantador profesional.
Mis ancestros me enseñaron a estar orgulloso y a hacer mi trabajo con toda pasión, por eso aquel día en el aeropuerto de Barajas, cuando supe que me usarían durante un largo trayecto en el viaje de la familia López, me sentí muy halagado. Me habían comprado en la bodega de España y fui elegido entre mis hermanos del paquete, para proteger al bebé de la familia.
Cuando me sacaron de la envoltura, hablaban felices entre ellos y le decían al pequeño humano que se portara bien, que me pondrían a mí y que sería un largo viaje de 10 horas, pero que me cambiarían en cuanto fuera necesario. En ese instante miré a los ojos de una señora de mediana edad, que según entendí se llamaba María y ella me sonrió diciéndome: «Pañalito de mi vida, por favor haz tu mejor esfuerzo y mantén toda la mierda y el pipí bien resguardados».
Cuando escuché que me hablaron, me sentí orgulloso y me dije a mí mismo: «Finalmente llegó mi día». Y si, así era. Después de salir de la fábrica, esperar más de 200 días en una bodega y después 30 días en el anaquel de un supermercado, por fin María me había comprado junto con mis 11 hermanos y llegaba el momento de servir con todo mis ser. Rápido le contesté a María, pero no me escuchó. Los humanos no escuchan. Lo intenté con fuerzas, pero solo sonrió y me puso con mi parte acolchonada, hecha con precisión, frente a la piel muy suave de un pequeño bebé a quien nunca logré verle la cara, pues lógicamente a mí me toca el lado contrario. Creo que se llamaba José y pensé que María lo quería mucho.
Mis antepasados en la bodega, contaban historias de los humanos y hablaban de esa piel suave a la que me tocaría proteger por muchas horas, tal y como se nos había encomendado desde hace tantísimos años y que mis tatarabuelos, hechos de un material que llamaban algodon, cumplieron con más trabajo que yo, pero con el mismo amor. El reto es aguantar el bulto con su espantoso olor, para que la mierda no se salga. Claro que puedo con eso y más, ahora somos más fuertes y cumplo la encomienda con total destreza. Solo pensaba que en unas horas mi esfuerzo terminaría y mi objetivo en la vida se habría cumplido. Para eso fui hecho, para servir a los demás.

Cinco horas más tarde y entre empujones de otros humanos, entramos a un lugar llamado avión. José estaba inquieto, creo que tenía frío. Yo había estado allá abajo, sin novedad, pero de pronto sentí que su piel se erizaba y que al fin me bañaba con el mencionado líquido calentito y amarillo, que absorbí con orgullo. Aclaro que hay pañales renegados, que no aceptan su tarea con la misma pasión, pero yo nací para servir. Mis antepasados me explicaron que casi siempre atrapar el pipí sería nuestra primera misión en la vida. Me explicaron muchas cosas, pero lo que no me esperaba era que mi misión sería mucho más retadora que la vivida por cualquiera de mis ancestros. No hay pañal en la historia del mundo, que se haya visto retado a cumplir con lo que a mí me tocó. Lo juro, soy un héroe.

Durante un tiempo después del agüita amarilla, José se mantuvo quieto. Estaba seco y cómodo, porque yo guardaba el líquido en mi alma, pero el frío en el avión era cada vez peor y María quiso colaborar dándole algo de comer y por supuesto, más agua. Sentí cómo mis bracitos elásticos se estiraron junto con su pancita y creí saber lo que me esperaba. En efecto, al poco rato llegó más líquido amarillo hacia mí con la fuerza de una cascada, llenando mi alma. Cada fibra de mi ser estaba conteniendo una avalancha de pipí, tanto que temí rebalsarme. Sin embargo, lo logré y al menos hasta ahí todo iba bien. Descansamos un rato y de nuevo otro chorro potente y caliente recorrió todo mi cuerpo… y no venía solo! La segunda tarea importante estaba en puerta. Salió una gran cantidad de popó, que abracé con la mayor ternura.
Ya empezaba a preocuparme, porque recordaba las palabras de María: «“Pañalito de mi vida, debes aguantar muchas horas». Mi reputación de aguantador profesional estaba en juego y ahí estaba yo, aguantando con todas mis fuerzas y logrando mantener a José lo más seco y limpio posible. Mi trabajo estaba tan bien hecho, que a pesar de 2 pipís y un popó muy grande, José dormía contento y solo escuchaba de vez en cuando unos ruiditos con mal olor que llegaban a mí, pero nada que un pañal que se respete no pueda soportar.
Pasó un buen rato sin noticias, logré descansar y mantenerlo todo bajo control, cuando de repente sentí cómo otra cascada de agüita amarilla llegaba hacia mí como un tzunami. Llegué a sentir que no podía más, que estaba a punto de colapsar. Recordaba mi misión, los consejos de mis ancestros y las palabras de María, pero era ella la que no reaccionaba. Soy un profesional, pero no tengo superpoderes. ¡María, somos un equipo! Yo estaba ahí como un soldado de guardia, pero era la hora del relevo y ella no se enteraba. Mis hermanos en la bolsa de pañales clamaban por salir, por cumplir la misión con el mismo sentido del deber, pero María no sacaba ni uno. ¿Qué pasaba? Yo me había despedido de mis hermanos con un ingenuo «hasta pronto». Luché con todas mis fuerzas, me crecí ante la dificultad, pero me sentía traicionado. Estaba a punto de rendirme, el líquido amarillo amenazaba con escaparse y con arrastrar en su aventura al popó. José lloraba, el mal olor comenzaba a molestar a los demás pasajeros y todo era un caos. Al fin María se levantó, pero al cargar a José me presionó con fuerza y ahí sí que no pude más. Mi pudor de pañal educado no me permite contarles los detalles. María me miró agradecida, reconociendo mi esfuerzo. Me decía: “Gracias, gracias pañalito, gracias”. Había sobrecumplido la meta trazada, llevaba más de 6 horas cubriendo el frente y la retaguardia, en puro combate cuerpo a cuerpo.
¡Tengo que decirles que ese fue el momento más significativo en mi vida! Me acordé de las historias en la bodega, los relatos de mis ancestros que habían logrado aguantar heroicamente, pero ninguno como yo. Sabía que mi historia sería reconocida por mucho tiempo. Lo había logrado y estaba listo para dejar a José. Sentí como María con mucho cariño y unos cantos muy bellos, me quitó de José y solo dijo: “Sí que pesas pañalito, gracias”.
Pero no crean que ahí termina todo, hay más. María terminó de cambiar al bebé, que ya no lloraba. Estábamos en un espacio muy pequeño, por lo que me hizo a un ladito y yo me quedé tranquilo, esperando que me dieran una despedida honorable. Supongo que María no sabía qué hacer conmigo, porque la escuché decir: “Ni modo, al inodoro” y sin poder reaccionar sentí que volaba y caía en un líquido azuloso y frío. Se escuchó un gran ruido y una fuerte corriente pretendió arrastrarme, pero estaba tan hinchado que me trabé y no hubo manera de pasar al otro lado. Recuerdo haber pensado: «Hasta aquí llegué y este es el final de mi digna trayectoria». Ahí me quedé desmayado por un rato, hasta que entró una de las señoritas que repartía cosas en el avión y con gran asombro dijo: “Qué es esto, quién ha dejado un pañal aquí, no puede ser”.
Yo no entendía lo que pasaba. Luego entraron dos personas más e hicieron unas caras tan terribles que supe que algo no estaba bien, pero comprendí que no era por mi trabajo, sino porque estaba en un lugar que no debía. Sentí que varias manos tiraban de mí con todas las fuerzas y yo estaba tan atorado que no lograba salir. Solo escuchaba con una voz muy fuerte: «Sal de ahí, sal por favor, que tenemos una fila de gente que quiere usar este baño y aún quedan muchas horas de vuelo».

Finalmente, poco a poco logré salir hecho pedazos. Estaba todo de color azul, pero aún abrazaba algo de mi contenido con las pocas fuerzas que me quedaban. Entre gritos de horror me metieron en una bolsa similar a la que me guardó por meses en la bodega y solo escuché que otra vez me daban las gracias. ¡Ha sido un honor, pensé! Ya no tenía fuerzas para responder y además, los humanos no escuchan, por eso no dije nada pero estaba contento y agradecido con el universo por dejarme hacer mi tarea nuevamente, siempre bien hecha pues para eso nací, para llenarme de mierda con felicidad.
Mientras cerraban la bolsa, escuché por una de las bocinas a alguien que se presentaba como el capitán, y dijo: “Les pido por favor a todos los pasajeros, que los pañales y toallas sanitarias no se depositen en los inodoros, que no están hechos para eso. Somos más de 300 almas a bordo». Todo se oscureció y me quedé tranquilo. Sentía mucho frío, pero la satisfacción de ser un héroe no me la quita nadie. No sé cuántas horas pasaron hasta que volví a ver la luz. ¿Qué está pasando ahora? No importa, para eso soy un aguantador profesional y todo lo hago con pasión.
*Esta historia realmente sucedió en un vuelo comercial directo de España a Guatemala, el 29 de diciembre del 2022. Estaba muy cerca de la fila donde estaba “la acción”.
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