Cuando inicié en la fotografía, hace ya veintiséis años, no había nada más emocionante para mí que salir a capturar el mundo a través de imágenes. Solíamos reunirnos cuatro o cinco amigos que nos organizábamos para salir a “cazar” fotografías. Podría contar un sinfín de historias con Francisco Sandoval, Juan Carlos Menéndez, Lucrecia Erazo, José Carlos Flores, Rita Villanueva, Peter Rostrock, Alan Benchoam, Ricardo Ubico, Mario Madriz +, Rodolfo Madrigal… por mencionar algunos de los que más salíamos. A veces éramos dos, otras veces éramos cinco personas, y muy de vez en cuando salía yo solo… cómo olvidar en estas salidas a Juan Menendez + y Ricardo Mata (papá)+. Ahora, veinte años después, esas excursiones ya no son tan frecuentes.

¡Nos la pasábamos a lo grande todo el día! Salíamos a las cuatro de la mañana y regresábamos al final de la tarde, felices de hacer lo que nos apasionaba. Era interesante que muchas veces las fotografías parecían casi idénticas. Solía suceder que tomando una foto sentíamos que otro se acercaba para capturar desde el mismo ángulo… de allí salió el famoso “copycat”. Al día siguiente, nos enviábamos las fotos o nos reuníamos a verlas… y ¿qué creen? ¡Nos reíamos porque muchas eran casi iguales!




En esas reuniones conversábamos sobre cámaras, lentes y gadgets. Unos defendían la Hasselblad, y otros, como yo, defendíamos la Mamiya. Analizábamos minuciosamente colores, encuadres, enfoques, cada detalle de la fotografía para enriquecernos mutuamente. También conversábamos sobre la diferencia entre el formato 35mm y el formato 120mm; al final decíamos: “Para qué buscar un poco más detalle en una que en otra. Nadie lo notará…”, pero en realidad nosotros lo notábamos ya era suficiente para establecer un estándar de calidad que ofrecíamos a nuestros clientes. En aquel entonces, las empresas alquilaban fotos de stock para su publicidad. Fácilmente pagaban tres mil quetzales por alquilar una fotografía, hoy ofrecen ciento cincuenta quetzales, regateando. Nos pasábamos horas de horas discutiendo amigablemente esos temas; aunque varios vivíamos de la fotografía y sabíamos que éramos competencia directa, la amista y la pasión por las cámaras nos unían como una hermandad.



Algunos nos “empatinábamos” tomando fotos en blanco y negro que cada quien revelaba en su propio cuarto oscuro. Ese proceso siempre me fascinó. Recuerdo que cuando me cambiaba de casa, buscaba dónde poner el cuarto oscuro. Pasaba interminables noches y fines de semana revelando e imprimiendo la mejor foto, por el puro gusto y pasión por el arte. Incluso llegué a tener dos ampliadoras, al final no sé para qué, pero a ese nivel llegaba la obsesión por lograr la mejor fotografía.



Revelar un rollo fotográfico era una experiencia maravillosa que complementaba la inspiración de capturar algún instante que contara una historia. Revelar el rollo de fotografías te relajaba y permitía meditar sobre lo que aparecería sobre el papel/film. Te preguntabas: “¿Será que tomé bien las fotos? ¿Será que el rosto de aquella niña saldrá con las sombras adecuadas? ¿Estará muy clara o muy oscura? ¿Lo hice todo bien?” Solo quienes hemos revelado un rollo con la expectativa del resultado sabemos a qué me refiero.


Luego de pasar horas viendo una a una cada imagen con una lupa, bajo la caja de luz, finalmente decidías cuál sería tu “fotografía maestra”, la que imprimirías, por lo que ese negativo se convertiría en tu obra de arte.
Después, llegaba el momento de la máxima realización para un fotógrafo: imprimir bajo la ampliadora ese negativo que tanto te costó seleccionar. Claro que primero había que decidir qué lente pondrías a la ampliadora, qué apertura para que no bajara la calidad. ¡Era y es todo un proceso! Por supuesto, se incluye ese instinto para saber “tashtuliar” y dejar la foto perfecta.
Al poner todos los químicos en las bandejas, bajo esa luz amarillenta que provocaba un maravilloso mood aderezado con el delicioso olor de los químicos de revelado, tocaba el proceso del vaivén de los diferentes baños de revelado. Tres minutos…cinco minutos… ¿cuántos minutos? Dependía de qué marca de químico utilizaras y de otro montón de factores. Finalmente, llegaba el momento de sacar la foto y ponerla a secar. ¡Cómo extraño esos años que la maravillosa cámara digital nos arrebató! Nunca será lo mismo ver tu obra maestra salida de un proceso de revelado y ampliación a verla inmediatamente esclava de un programa computarizado que hace casi todo el trabajo.





Durante esos años, sentí la necesidad de enfocarme en el fotoperiodismo dúotono de personas. Mis ojos capturaron la expresión de muchos rostros hasta en los rincones más apartados de mi país, Guatemala. Esa experiencia me hizo reflexionar sobre la sociedad y sus matices de injusticia, pobreza y lucha por la vida. Cuando veo esas fotos que dejaron marca en mi forma de ver el mundo, me doy cuenta de que hubiera querido hacer más con ellas, lograr que esos rostros hablaran al mundo para sensibilizarnos y hacer algo en favor de quienes tienen menos oportunidades. Por supuesto que esa denuncia no es tema de este texto, pero realmente trato de explicar cómo una fotografía es reflejo del alma y vehículo de expresión.
Por cuestiones de Dios y el universo, durante muchos años me enfoqué en la fotografía publicitaria de alimentos, lo que desvió mi atención del arte blanco y negro. Luego apareció la cámara digital, y con ella, miles de fotógrafos que ya no revelan sus fotos en un cuarto oscuro, sino que aplican una infinidad de programas para manejar el color. ¡Vaya que he visto tremendas transformaciones de color a blanco y negro!
Incluso hace unos días, vi que ya oficialmente las personas que hacen Photoshop y/o usan otros programas para retocar fotos y aumentar su saturación de colores o pasarlas a B&N, dicen: “Vamos a revelar la fotografía”. Ese comentario me hizo mucha gracia y me asombró, pero así son las cosas.
De igual manera, la tecnología ha logrado llevar la cámara digital a otro nivel. Considero que la fotografía ya sobrepasó la calidad de la cámara que usábamos en publicidad: la 4×5”. Una cámara que muchos fotógrafos jóvenes no conocen ni han escuchado mencionar, que tomaba fotos de una en una y la revelada implicaba una inversión considerable… es decir, en serio tenías que saber tomar fotos, tenías que saber de luces y sombras, etc. Si no sabías, no eras fotógrafo, pero eso sucedía allá por inicios del nuevo milenio, cuando no éramos más de diez los fotógrafos publicitarios en Guatemala.
Hace unos días cambié a lo que podría ser la última cámara fotográfica que compro nueva. Regresé a Sony, ya que después de haber probado una y otra y otra vez distintas marcas, estoy llegando a la conclusión de que Sony es la mejor en absolutamente todo, especialmente en lo mas importante: la calidad del sensor y la óptica de los lentes. Eso de cambiar cámaras es una característica de muchos fotógrafos porque nos gusta probar los nuevos equipos que salen al mercado cada tres o cuatro años. No sé por qué, pero nos apasiona tener siempre lo mejor para entregar lo mejor. Con cualquier cámara de fotografía, podemos hacer excelentes fotos… pero me gusta la parte técnica de la iluminación, los lentes, las cámaras etc. Todo lo que tiene que ver con el arte de la fotografía, simplemente apasiona!

Nunca olvidaré cuando compré mi primera cámara en Panamá; fue una Minolta, unos cuantos años antes de casarme. La tenía en mi mesa de noche todo el tiempo, analizando y pensando de qué forma dedicarme a la fotografía publicitaria para vivir. Pocos años después, tomé la decisión más importante de mi vida y lo dejé todo por hacer realidad mi sueño de ser fotógrafo. Era un ingeniero industrial recién graduado de la Landívar, con un excelente puesto en HB Fuller como gerente de producción y con mi esposa, María Marta, recién enterada de que estaba embarazada de mi hija Daniela. Esa decisión fue acertada, ya que continúo haciendo fotografía publicitaria, especialmente de alimentos. Pero bueno…esa será otra historia que dejo pendiente. Aquí estoy si deseas algún consejo sobre este apasionante mundo de las imágenes que hablan. Que Dios te bendiga y a este maravilloso país, Guatemala.



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